La transmutación de los sueños

Aníbal Merlo, Catálogo Galería May Moré, Noviembre - 2000

En la trama que tejen la memoria y el sueño, algunas materias cambian su naturaleza por otra. El hierro es como la nube y el agua como el pensamiento; el gorrión es un faisán que susurra mentiras a los paseantes o escribe sobre caravanas que avanzan por oscuros pasadizos, aproximándose a las entrañas de la tierra. Una parte de la carga se pierde, otra se gana.

Más allá, en otro país, una flota se prepara para salir a navegar, sin saber la fecha de partida ni el lugar de Ilegada. Los marinos engrasan molinetes, tensan jarcias, inspeccionan drizas, herrajes, velas y mástiles; Una y otra vez, comprueban la obediencia de la pala del timón y la seguridad geométrica de unos ojos de buey por los que, en una noche de insomnio, verán las pupilas fulgurantes de un animal marino, la ansiada luz de un faro o la vaga silueta de un puerto desconocido. Cada tanto, estudian las cartas de navegación y señalan los peligros que acechan. Con una sonrisa invisible, disfrutan por anticipado de la emoción de la travesía y sienten el rugido de los mares, golpeando todos a la vez en el casco de sus embarcaciones de madera. Ya en alta mar, puede que alguna de esas naves evoque su origen vegetal y sueñe con volver a echar raíces en tierra firme.

Tierra firme: de llegada o de partida. El territorio nos resulta vagamente familiar; vemos pequeñas ruinas recientes en las que se percibe el rastro del ser humano batiéndose en retirada. Nuestro pensamiento sigue una ruta en la que abundan los huecos y rincones, que lo obligan a detenerse constantemente, para instalarnos o para cambiar el sentido de la marcha, sorteando negras bocas de pozos, que calculamos gigantescas torres invertidas; observamos construcciones que sólo están para defender esos espacios vacíos, o a nosotros de ellos. Hay habitaciones olvidadas que intuimos que alguna vez hemos llenado con nuestras vidas y rastros de carruajes en las piedras de la calle, marcas y marcas de días y días.

Confrontaciones: La realidad soñada, atravesada por la irrealidad del despertar. La mirada ante lo invisible.Lo imperfectamente racional, ante lo perfectamente irracional. El tiempo, frente a aquello que huye de él. El objeto, enfrentado a su representación. El dogma, cuestionado por el descubrimiento. El orden, ante el caos que lo envuelve y lo desea. La certeza tranquilizadora, ante la desorientación fructífera. La verdad del absurdo, discutiendo con la lógica implacable. Las preguntas que son respuestas ante las respuestas que no admiten preguntas. La geometría, acosada por sus propias sombras. La construcción desnuda ante la magia. Los grandes errores, redimidos por el pequeño acierto. La planificación obsesiva, ante el diálogo negociador. El espejo, asumiendo la multiplicación. La claridad de una mañana soleada, sonriendo a las negruras abismales. Un grado de irrealidad, ante otro grado de irrealidad. Una mitad separada de la otra por su interior inabarcable. La luz que ciega, de la mano de la oscuridad que ilumina. El uno como representante del todo, ante el cero como representante de la nada. La pared ante el objeto extraño. Las naves, llegando al puerto de destino.

Poco a poco voy descubriendo un paisaje de formas que he soñado, Iíneas que he dibujado, volúmenes que he esculpido, texturas que he pintado, espacios por los que he imaginado transitar. Árboles luminosos, escaleras que trepan hacia el vacío, puertas que tal vez encierren o abran algún enigma, recorridos zigzagueantes, arquitecturas inesperadas. Alguien, dentro de mi cabeza, me dice: "Puedes llevarte lo que quieras". Entonces extraigo un instrumento mágico que hasta ese momento no tenla o no sabía que tenla, y comienzo a capturar imágenes, una tras otra. Me invade una alegría extraña; soy el mismo y a la vez otro.

La caravana se ha convertido en un camión ciego y rugiente, que atraviesa el laberinto a velocidad vertiginosa, alterando la paz de sus moradores con el estruendo de su motor. ¿Qué misión lleva, si nunca se detiene?

Al igual que todos los días, estoy llegando a un nuevo punto de partida. Miro a mi alrededor y observo el pequeño océano petrificado que me rodea, ahora con los colores del otoño. Abro la puerta de mi estudio y, como un perro, olfateo los perfumes de la madera. Me sorprende que todo esté igual que ayer por la tarde, cuando abandoné este lugar en el que algunos sueños insisten en luchar por esa transmutación que les hará un lugar en el mundo de las cosas tangibles.

Algunas herramientas han quedado en el suelo, y la mesa está cubierta de papeles, gubias, lápices, tizas, cuchillos, pinceles, frascos, pigmentos, aceites, compases, listones, virutas, piedras de afilar, fotografías, escuadras, cuerdas y otros pequeños instrumentos. El tiempo, en cambio, no está presente, como si no existiera.