El paisaje interior de Aníbal Merlo

Juan Manuel Bonet, Catálogo de la exposición en la galería Emilio Navarro, 1989

Después de varias exposiciones por aquí y por allá, dos de ellas en la galería Diálogo de Bruselas, el pintor argentino Aníbal Merlo, que cumple este año los cuarenta de su edad, y que lleva quince entre nosotros, realiza una individual con Emilio Navarro. No es la primera vez que Aníbal Merlo comparece aquí en solitario, pero sí la primera que lo hace en una galería de arte. Este Madrid nuestro se ha convertido en una ciudad tan complicada que exponer, como lo hizo él el año pasado, en una sala municipal de la periferia, es menos eficaz que exponer en Albacete o en Teruel.

Con exposiciones o sin ellas, Aníbal Merlo ha ido abriéndose paso en la escena de la capital, y lo que es más importante, ha ido abriéndose paso, con determinación pero sin prisa, hacia su propio espacio pictórico. Saber que comparte algunas preocupaciones estéticas con Diego Moya, con Pedro Castrortega, con Fernando Verdugo, con Julio Toquero o con pintores que exponen en la misma galería donde él expone ahora, como Rafael Satrústegui o como José Joven, es algo que nos sirve para ubicarle en un ámbito y en un tiempo precisos. Pero más decisiva que este digamos encuadramiento es siempre, obviamente, la historia individual de cada artista. Aníbal Merlo ha investigado en varias direcciones hasta centrarse en su actual manera de expresarse. En el concierto de voces que hoy coinciden en Madrid, su voz ya la escuchamos clara y distinta, y la calidad de esta su primera exposición individual con posibilidades normales de ser contemplada, es más que notable.

El estudio de Aníbal Merlo tiene algo de nido de águila, desde donde otear el Madrid del centro, sus cielos, su inesperado silencio. Siempre que subo hasta ahí me llama la atención el contraste entre ese paisaje abierto que se contempla por las ventanas, y el paisaje interior que brota sobre la superficie de los lienzos. Ese contraste revela, por parte de quien ahí trabaja, una gran capacidad de concentración, de ensimismamiento. De "los recintos privados de Aníbal Merlo" ha hablado Alvarez Enjuto, y ciertamente la imagen es adecuada para describir lo que sucede en este otro recinto del estudio.

¿Abstracto? ¿Figurativo? La disyuntiva es de las que hace tiempo que han dejado de tener sentido. Sobre la base de una formación norteamericana, esto es, expresionista abstracta, para este hombre intuitivo y a la vez de gran curiosidad intelectual, han sido decisivas otras experiencias culturales, asimiladas, hay que insistir de nuevo sobre ello, sin prisas. En una fase bastante anterior de su trabajo, por ejemplo, recurrente era la idea de ruina, y muchos de sus cuadros se configuraban en base a perfiles de ciudades, o de burgs tan solitarios y misteriosos como los que brotan en las pinturas de Víctor Hugo. Citar al romántico francés no es gratuito, porque, durante muchos años, y todavía hoy aunque sin duda de modo más matizado, romántico ha sido el acercamiento de Aníbal Merlo al paisaje. Por último, desde el punto de vista formal, y casi diríamos "técnico", él ha mirado —y esto es algo que comparte con pintores como los citados, y con algunos más de nuestra escena reciente, incluidos Barceló, y Sicilia, y Frederic Amat a cuyo taller del Círculo él asistió— del lado de la generación de los cincuenta.

Estas han sido algunas de las partes, y no hablaría de etapas pues no ha sido un proceso rigurosamente cronológico, de que ha constado la educación sentimental de Aníbal Merlo como pintor. También se podría definir esa educación al revés, esto es, a partir de lo mucho que en su transcurso se ha rechazado. Es evidente que aquí no hay juegos más o menos ingeniosos y epatantes de conceptos, ni la más mínima sombra de ese detestable sociologismo que últimamente vuelve a encontrar como por arte de magia adeptos entre nosotros, ni imaginería pop o neo-pop, ni fe ciega en los poderes de la geometría.

Si en España el comienzo de la década fue para la mayor parte de los pintores un tiempo de alegría cromática, su final está puesto bajo el signo de la cuaresma. Lo primero que llama la atención en los cuadros de Aníbal Merlo es que en ellos los colores en presencia son pocos, y ninguno de ellos estridente, eufórico o siquiera vivo... Gris ceniza o plomo o tormenta, negro noche o abismo o roca, blanco, plata, son los que se repiten con más frecuencia, apoyados en algún caso por el ocre o el pardo de la tierra, o

por el azul de un cielo que en ocasiones se de hace en agua de lluvia, o en mar.

Sin referencias reales concretas, y sobre toe sin echar mano de ninguna convención figurativa Aníbal Merlo no deja de ser, a su manera, un paisajista. Ciertos colores, ciertas configuraciones formales, cierta gestualidad le permiten sugerir aquí el mar surcado por El sueño de Ulises allá un cielo poblado de nubes, y más allá una roca solitaria e inhóspita que él mismo, en el título se encarga de catalogar como lunar.

No hay aquí, ya lo he dicho, alegrías cromáticas. Es significativo que el único cuadro de este año cuyo título contiene una referencia "estacional" se titule precisamente Luz de invierno: pintura como winterreise. Tampoco aparecen títulos "geográficos", salvo en un caso, ese itinerario por la pampa de la nostalgia obvia, y que nos lleva allá lejos, a la llanura infinita por la que cabalga por siempre Don Segundo Sombra. Lo actual en Merlo son los títulos abstractos, alguno tan duro como La entrada, El túnel o Aproximación al abismo, y otros cargados por el contrario de tierna ironía, como Melodía anacrónica, que casi suena a título de acuarela de Klee, o Larga vida a las mariposas, o El adivino.

"Recinto privado", sí, paisaje interior el que explora esta pintura. Viaje de invierno soñado, cuyo transcurso el pintor recrea, reordena sensaciones procedentes de la naturaleza, y reflexiona melancólicamente sobre su lugar en el mundo y no deja de tener conciencia de que debe hacerlo con los medios que son los suyos, y con adecuada economía de medios.

Estas han sido a mi juicio las claves de la pintura de Aníbal Merlo en los últimos años, una pintura nocturna, de nebulosas, de luces en la tiniebla una pintura cuya superficie está en constante metamorfosis, y en la que veladuras, collages, materias, figuras geométricas, han estado al servicio de un resultado final que el propio pintor deseado siempre lo más sintético, lo más despejado posible.

La presente muestra constituye un gran paso hacia nuevas metas. Desde mi anterior visita a la calle Molino de Viento, las cosas se han decantado. Si en la primera selección podía haber cuadros todavía dubitativos, recursos formales todavía imprecisos, la última selección de doce cuadros, que por lo demás tal vez no sea todavía exactamente la que en noviembre estará colgada en la galería, resulta compacta y sin falla. Como si todo lo que Aníbal Merlo barruntaba en estos últimos años, todo lo intuido, todo lo anhelado por él para su pintura, hubiera al fin cristalizado, se hubiera fijado definitivamente.

Cualquiera que en algún momento se haya propuesto crear algo, poema, partitura, escultura, cuadro, sabe que el encuentro con la forma definitiva es a veces lo último en surgir, y que sólo entonces lo que hasta entonces nos traía inquietos y por momentos desesperados, se vuelve tranquilamente evidente, Esa es la sensación que producen los doce cuadros en cuestión, algunos de los cuales ya han quedado mencionados más arriba: la sensación de que tenían que ser así, de que todo elemento gratuito ha caído en el camino, y de que el camino, a la postre, ha merecido la pena.

La dura y misteriosa Roca lunar, la monumental Entrada, la delicada fábula Larga vida a las mariposas, el Sueño de Ulises de obvias referencias marinas, el Ángel caído, el cielo sobre el que se recorta La señal o el pequeño tótem bautizado La serpiente... En cuadros como éstos, y de un modo todavía más claro en Pared y enigma que tal vez sea el que mejor sintetice el proyecto en curso, Aníbal Merlo se expresa mejor que nunca. Deseamos ya conocer la siguiente región de su sueño.