De los Bosques a los Templos

Marcos-Ricardo Barnatán, Catálogo Galería Emilio Navarro, 1992

Escribió Filón acerca de las resbaladizas fronteras que separan la belleza de la filosofía de la fealdad de la sofística, y nos enseñó la dificultad de discernimiento, tan común entre los hombres vulgares, que les impide vislumbrar la luz de los conceptos a causa de la debilidad de «los ojos de su alma». Esos ojos del alma que tantas veces debemos estimular para que se desperecen y den crédito a muchas manifestaciones artísticas que se diferencian del rutinario y trillado sendero. Abrir y desbrozar nuevas sendas es la ardua tarea de los artistas verdaderos que no se resignan a repetir lo sabido, reiterar la realidad o entregarnos la rotundidad de lo obvio.

Aníbal Merlo es un artista que, desde hace unos cuantos años, trabaja seriamente en la construcción de un lenguaje propio. Sus telas, sus dibujos y ahora sus maderas contribuyen de una manera armónica a la afirmación y a la extensión de ese lenguaje que huye de lo evidente y nos acerca su discurso elíptico, troceado, de una realidad que se manifiesta por medio de ideas que no siempre están marcadas de forma indeleble para el espectador.

Merlo hace que nuestros «ojos del alma» trabajen en la identificación de sus esculturas policromadas, que se arrebaten en los meandros de las analogías y que incluso puedan imaginar un mundo hecho con estos utensilios anómalos.

Sus influencias del primitivismo no son detectables de una forma directa, aunque sus lanzas y estacas, sus remos y aspas, sus torres y hélices, sus ondulados elementos, nos sugieren a cada momento su comunión con un impreciso pero potente arte primitivo. Desde la forma de roturar la madera, y de troquelar esos altares elevados a dioses de paz y de guerra, altares que nada impide transformarlos en armas enhiestas, y que nuestro autor benévolamente enmascara con títulos menos agresivos como Banderas o Alquimistas. Quizá porque pretende que de las múltiples lecturas que ofrecen sus objetos escultóricos optemos por su visión más benigna. Pero su afinidad con un mundo primitivo, en el que no faltará incluso quien vea alusiones ecológicas, está también en algunos elementos de su filosofía. Así las piezas onduladas evocan al viento y a la superficie, al aire y la tierra, dos de los elementos primordiales del mundo arcaico, y los maderos gemelos, pero enfrentados por dos potencias contrapuestas, el bien y el mal, reciben de Merlo los nombres también germinales de los hijos de Adán. Hay un mirar hacia el principio sin nostalgia, pero los orígenes son una fijación donde el artista puede estar buscando esas seguridades que el mundo tecnológico ya no nos da. Aunque el escultor de hoy trabaje con unos instrumentos precisos y cómodos que le concede la técnica de su tiempo, a diferencia del rudimentario proceder del ancestro milenario al que evoca. He visto las esculturas de Merlo en su estudio de pintor y en su taller de prodigiosa carpintería, pero espero ansioso el momento de enfrentarme con todo ese bosque instalado en las paredes y en el suelo de la galería, porque imagino que será una experiencia distinta. Allí las piezas dialogarán, orearán ritmos nuevos, nos envolverán como en un sortilegio, y sin duda nos ofrecerán nuevas interpretaciones. Los «ojos del alma», esos que Filón exaltaba no solo como emblemas de una inteligencia superior, sino también como el signo de una verdadera sensibilidad, deben estar preparados para consumar ese banquete de miradas.