Merlo, memoria del tiempo

Miguel Cereceda, ABC de las Artes, 2001

ANÍBAL Merlo es un pintor, nacido en Buenos Aires en 1949, que reside en España desde 1974, que ha desarrollado un muy personal lenguaje pictórico, de difícil aceptación. En 1996 Miguel Fernández-Cid comparaba su pintura con inscripciones dejadas en la arena. Aníbal Merlo comenzó a trabajar estas inscripciones y estas huellas de la pintura sobre tabla, modificando a veces audazmente los formatos del soporte, llegando a pintar incluso directamente sobre tablones. Esta relación con la madera, apoyando el tablón en vertical sobre la pared, como cuerpo de inscripción de la pintura, le condujo naturalmente a la escultura y a la talla, de modo que la mera inscripción sobre la tabla no era ya sólo cromática, sino también volumétrica. Fernández-Cid sugiere que este desembarco en la escultura fue inicialmente tomado como una intromisión de un pintor en un terreno ajeno, aunque lo cierto es que el artista comenzó a desarrollar un lenguaje que era común a la pintura y a la escultura. Sus piezas en madera aparecían policromadas, a la vez que sus lienzos se estilizaban y alargaban hasta adquirir cualidades escultóricas.

Como escultor, Merlo desarrolló pequeñas construcciones talladas en madera que recordaban por un lado las formas arquitectónicas y, por otro, las formas vegetales del propio árbol del que todavía la madera guarda memoria. La escultura no llegó a represcntarse a sí misma comoo arquitectura, hasta que Miquel Navarro empezó a desplegar sus ciudades en los años setenta y la disposición vegetal de algunas piezas recuerda también la interacción arte/naturaleza del artista portugués Alberto Carneiro. Con ambos mantiene alguna relación la escultura en madera de Aníbal Merlo. Sin embargo, en esta su tercera exposición en la galería May Moré ha conseguido reunir en un nuevo lenguaje personal, de una gran fuerza plástica, estas dos fuentes fundamentales de las que se nutre su trabajo como escultor. La escultura guarda así todavía memoria del árbol que la ata y la vincula con la Naturaleza, a la vez que integra los elementos geométricos e inorgánicos de la arquitectura. El artista integra entonces con gran acierto la abstracción geométrica, junto con la expresividad matérica. Pequeñas ciudades talladas en madera se presentan a la vez que hermosos troncos estilizados, apoyados sobre la pared. Construcciones semejantes a barcas dispuestas en estantes en un embarcadero, que evocan, como escribe el artista, «su origen vegetal y sueñan con volver a echar raíces».

También de su interés por las huellas de lo humano, aparece finalmente en la obra de Aníbal Merlo su seducción por la fotografía. Podría considerarse ésta como una nueva intromisión de un pintor o un escultor en un terreno que le es completamente ajeno, si no viésemos con claridad que sus obsesiones fotográficas se corres-ponden directamente con los mismos principios que regían su trabajo en pin-tura y escultura. También aquí Aníbal Merlo se manifiesta interesado por la huellas e inscripciones dejadas por la presencia del hombre en el paisaje, y por eso fotografía fascinado algunas de esas construcciones provisionales o incipientes que los hombres dejan tras de sí cuando abandonan un territorio. Cobertizos, escaleras, pozos -la misma iconografía que le acompañaba en su pintura y en su escultura aparece ahora aquí como una especie de regalo de la fotografía. Arquitecturas inesperadas, escaleras que no conducen a ninguna parte, pozos protegidos por pequeños muros, que el artista encuentra en minas abandonadas, son atrapados por su cámara con fruición. «Alguien en mi cabeza me dice: "Puedes llevarte lo que quieras" escribe el artista-, y extraigo entonces un instrumento magico que hasta ese momento no tenia o no sabía que tenia, y comienzo a capturar imágenes una tras otra». La relación con la fotografía aparece asi pues naturalmente como una prolongación de la misma preocupación de la pintura y de la escultura: huellas, trazos o inscripciones que manifiestan la presencia de una ausencia. Memoria del tiempo.