La metáfora del viaje

Rosa Faccaro, Revista Magenta, 1999

La pintura de Aníbal Merlo es un constante fluir. Fluir del color, licuado, transparente, fluir del pigmento que se extiende en ondas palpitantes de vida. Las formas mínimas y orgánicas, son curvas como una secuencia temporal con intervalos cambiantes, como una travesía iniciada sin interrupciones. Existe la metáfora del camino en vuelo, de la migración sostenida desde la cartografía iniciada en el momento de partir.

Lejos de complejas constelaciones, la mancha trata de fundirse en el plano que señala un sentimiento marcado en la piel. Se expande la luz en los intersticios de cada laberinto creado para explorar la posibilidad de un arribo, de un encuentro con la poética de los espacios familiares.

Las pinturas y objetos expuestos en Buenos Aires, en la galería Filo, nos remiten a espacios íntimos, fragmentarios, escogidos de una visión que se alumbra intermitentemente.

Las pinturas acrílicas realizadas en formatos de kakemonos y makemonos aparecen como escrituras semejantes al lenguaje caligráfico de oriente, en la técnica del sumi-e. Los signos son occidentales, con un dejo de cristalinas islas que marcan un derrotero.

Las estructuras escalonadas son recurrentes, lo mismo la movilidad ondulante que puede ser una kundalini, un faro, una flecha dirigida hacia el infinito.

El objeto es íntimo, poseíble, tallado, pintado, con huella de ser vulnerado artesanalmente mostrando aberturas, siempre dispuestos a no cerrar ninguna hipótesis. Son travesías pequeñas que dejan un sabor a esperanza.

Aquí la mirada de Ulises puede ir y venir por una cartografía del sueño, hallando a Circe, recorriendo islas, y avizorando nuevos viajes. Penélope en las orillas de cada viaje, se suma a las imágenes en posibilidades abiertas a una participación, a un juego aleatorio, a un destino posible de nuevos encuentros.