Suplemento «El Cultural»

Abel H. Pozuelo, El Mundo, 27/3/2003

Aníbal Merlo (Buenos Aires, 1949) vuelve a la galería con la que arrancaron sus pasos en España y lo hace con una muestra muy completa en la que, acaso más que nunca, predomina el afán pictórico. Fotografías manipuladas, objetos escultóricos y pinturas llenan el espacio en un orden cuidado que aglutina las obras por técnicas y soportes empleados. Mucho puede decirse sobre las características meramente plásticas de estas abandonadas a su suerte en fecha reciente, sin embargo nada de ello sería comprensible si no se explicara antes que Merlo es un poeta de la materia que maneja conceptos. A las preocupaciones por él reconocidas (como ha manifestado hace pocos días en una entrevista), esto es, el paisaje, el eje realidad-irrealidad y la tensión entre espacio y tiempo, debería añadirse una que quizá sea la síntesis de todas ellas, algo así como la posesión imaginaria del paisaje inhabitable por parte del yo.

Así, las extrañas fotografías de Merlo, que tanto remiten a la prehistoria de esa técnica como a la práctica surrealista y que se valen de métodos de tratamiento digital, exploran y recorren lugares metafísicos que hacen pensar en sitios conocidos pero extraños y, sobre todo, en el hombre que los ha visitado y guardado en sus ojos.

En los objetos escultóricos puede verse se mejante ecuación quizá con mayor claridad, ya que en esas piezas de un primitivismo de sobra explorado por la escultura moderna del siglo XX) se confunde la representación de luga res (foso, pozo, torres, escaleras...) ideados y aislados con la de objetos encontrados en los paisajes (flechas, barcas...). Ambos tipos mantienen una misma escala y podrían haber sido extraídos de las tierras que se ven en las fotografías. Por último, nos

encontramos con las pinturas, exploraciones más desmedidas y sinceras que todo lo anterior donde Merlo se permite habitar, además de los lugares visitados, la creación, reinventando aquellos a la manera romántica, con querencias arcaicas, y dando lugar a figuraciones descompuestas por un tiempo que siempre ha pasado.